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En los anteriores artículos hemos visto cómo las personas nos construimos un relato sobre las situaciones que nos rodean en base a nuestra narrativa personal (la forma que tenemos de contarnos y entender el mundo) y, por consiguiente, consolidamos una construcción de la realidad que nos rodea. En este sentido, para la solución de un problema, no es suficiente con analizar los datos que lo explican cuantitativamente, sino que hay que entender la percepción que las personas que lo sufren y aquellos que intentan aportar soluciones tienen de la realidad de ese problema. Este enfoque, pone el énfasis en la importancia del proceso en la solución de un problema social persistente y no solo en el resultado de las iniciativas que se pongan en marcha para resolverlo. De hecho, últimamente, hemos visto como algunos problemas que parecían irresolubles en el pasado, entran en una fase de solución en base a metodologías participativas de entendimiento, definición y solución conjunta del mismo. Pero para llegar a este punto, es necesario romper con ciertas barreras que hacen que las organizaciones (instituciones públicas, empresas y organizaciones de la sociedad civil) vean estos problemas únicamente desde su óptica y acaben siempre por aplicar las mismas no-soluciones, haciendo honor a la máxima de Einstein de que la locura es hacer lo mismo, una y otra vez, y esperar resultados diferentes.

 

Para entender este concepto hay que analizar las dinámicas más básicas de las organizaciones, tanto públicas como privadas, con posibilidades de solucionar un determinado problema social. En términos generales, cualquier entidad está lastrada por una serie de condicionantes históricos y organizacionales que les hacen ver el mundo desde una perspectiva, arrastrando una serie de percepciones (relato) que encajan en su forma de entender el mundo (narrativa) y en la posición que ellos juegan respecto al mismo. Por poner un ejemplo claro, las empresas consideran, al menos tradicionalmente, que su único deber es para con sus accionistas (maximización del valor del accionista) y su retorno a la sociedad se realiza en base a impuestos y contratos de trabajo. Todo lo que salga de este mantra, creado, recreado y reproducido por fuerza de repetición por el mundo empresarial, es un rol que, por extensión, no le corresponde.

 

Además de esta visión, las organizaciones se caracterizan por haber desarrollado unas formas de hacer y de actuar (herramientas, metodologías… en resumen, soluciones) que son los recursos que tienen para enfrentarse a esa realidad que les rodea. Por ello, de la misma manera que cribamos la información que recibimos y la adaptamos a nuestra narrativa, tendemos a entender los problemas de tal manera que encajen en nuestra forma de resolverlos. Y por ello todos los problemas acaban por convertirse en clavos que se adapten al martillo que nosotros mismos, como organización, teníamos guardado para resolverlo.

 

Esta visión preconcebida del problema y sus soluciones nos dificulta, si no nos imposibilita, para darle una respuesta válida. Además, el afán de protagonismo y la propia naturaleza de todas estas organizaciones necesitadas de crecimiento y expansión hace que, una vez aportada la solución, sea necesariamente ella misma la encargada de llevarla a cabo. Esta sucesión de interpretaciones: relato, narrativa, definición parcial del problema y aplicación de soluciones preestablecidas, están en la base de la cronificación de algunos de los problemas sociales que sufrimos hoy en día.

 

Frente a esta visión sesgada de una realidad que nos compromete como organización, sector público o empresa a actuar en una suerte de “efecto Edipo”, tras el cual acabarás por actuar cómo creías que ibas a actuar pero que por algún motivo querías evitar, existe una alternativa: la innovación social.

 

 

La innovación social, como concepto, es una especie del todo y la nada: la extrema utilización del término por diferentes actores en entornos diversos, ha provocado un llenado tal del contenido que necesariamente han acabado por vaciarlo. Sin embargo, la filosofía que subyace al término es sencilla: aportar soluciones innovadoras basadas en la creación de procesos participativos de diálogo y en nuevos paradigmas de colaboración a problemas sociales persistentes. Veremos, cómo poner en práctica algo tan abstracto y complejo como esto… en los próximos artículos. 

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