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Soy de los que piensa que el mundo está lleno de buenas personas. Y también soy consciente de que todo nos empuja a pensar lo contrario: nos contamos la historia por medio de los eventos terribles que marcan con sangre nuestros recuerdos; leemos y vemos noticias que nos muestran lo más horrible del ser humano: su corrupción moral, su ambición desmedida, su endiablada locura; comentamos permanente las amenazas que nos rodean y amplificamos en nuestras discusiones de café el futuro negativo que nos espera: la alienación de las personas en la sociedad del espectáculo, la normalización del suicidio, el auge de las ideologías extremistas. Y, sin embargo, la mayoría de nosotros en nuestro día a día no hacemos más que encontrarnos ejemplos que nos demuestran lo contrario: si hablamos de que alguien nos ha ofendido, lo hacemos porque es la excepción y no la norma; si alguien ha sufrido un accidente, lo contamos porque nos extraña; y si una persona está en una situación difícil, lo compartimos para ayudarla. Y esto es, esencialmente, porque somos seres empáticos: tenemos una capacidad innata de ponernos en el lugar del otro y de sentir su sufrimiento como si fuera el propio. Pero esta misma capacidad que nos abruma en nuestro día a día, se ve tremendamente difuminada cuando ese otro está mucho más lejos, en nuestro imaginario: invadido por la distorsión de la ideología y de la identidad construida.

 

En los últimos años la distancia entre nuestra situación real y nuestro imaginario se ha ido progresivamente separando hasta el infinito. La clara rentabilidad electoral de la utilización política de los sentimientos ha llevado a los partidos a construirse permanentemente en un proceso de demonización del otro que está llevando a una polarización social un tanto peligrosa. Y en este proceso de irresponsabilidad política, se están llevando por delante todos los mimbres que tejen nuestra sociedad. Como dice en gran Steinbeck, ya nadie busca consejos, sino corroboraciones de ideas preconcebidas que encajan con un imaginario que les satisface. Y cuando en nuestra realidad, en esa llena de buenas personas, encontramos ejemplos que contradicen ese imaginario oscuro al que casi sin quererlo nos hemos adherido, buscamos una salida que confirme nuestra idea del odio: “es una excepción que nos confirma la norma”.

 

El 2018 será recordado como el año en el que la extrema derecha se hizo patente en la política española con la entrada de VOX en el Parlamento Andaluz. Su discurso del odio no ha hecho más que consolidar una tendencia que viene de atrás y que responde a un análisis electoralista de lo que “parece que funciona” en la sociedad actual. Pero, que un grupo reducido de políticos haga alarde de una ideología excluyente no es lo preocupante, lo alarmante es que muchas buenas personas, esas que hacen nuestro día a día más fácil, las que ayudan sin dudarlo a ese vecino negro que tiene dificultades, las que no se lo piensan al echar una mano a un musulmán que necesita ayuda o que simpatizan con su sobrina cuando les habla del miedo que pasa al caminar sola de vuelta a casa, están comprando su odio y lo están transformando en su discurso. Lo triste no es que VOX gane votos: es que la gente común, que se guía siempre por su sensación de empatía respecto al otro, empiece a considerar que lo que dicen es cierto y cambie su comportamiento, se separe progresivamente de su experiencia y se acerque a ese discurso que, en realidad, no le representa.  

Decía Edmund Burke que para que el mal triunfase bastaba con que las personas de bien no hicieran nada. Hemos vivido en muchos periodos históricos cómo la indiferencia de la mayoría nos ha conducido a los peores derroteros. Y no podemos dejar que esto se repita. Para ello, todas las personas buenas, la inmensa mayoría de la sociedad, tenemos que empujar en la misma dirección, dejando que la empatía que guía nuestras acciones del día a día trascienda a los discursos del odio. Haciendo de los pequeños gestos política. Construyendo la historia de los espacios en blanco: esos en los que no pasa nada, porque todo lo que pasa es bueno.

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